El crítico del kirchnerismo y el progresismo, padecía de cáncer. Semanas atrás había sido diagnosticado; por su estado de salud, no llegó a iniciar el tratamiento de quimioterapia.
La noticia de la muerte del sociólogo produjo una profunda tristeza. Recordado como ensayista político y crítico de arte, Gabriel Palumbo, falleció en el Sanatorio Otamendi a los 56 años.
Palumbo estaba casado con la diputada nacional y politóloga Sabrina Ajmechet y era padre de una niña. Había estudiado en las escuelas Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón de Bellas Artes y en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), institución en la cual se desempeñó como profesor. También se destacó como titular de Arte y Política en la Argentina Contemporánea en el Institute for Study Abroad de Butler University. Y en publicaciones como el ensayo “El mejor presidente de la historia”.
“Un tipo singular, con una mirada muy propia, muy independiente -dice a este diario el escritor y editor Hernán Iglesias -. No tenía miedo de quedarse solo, aunque le doliera, antes de seguir las corrientes de opinión a su alrededor. Defendió el liberalismo como filosofía política y vital antes de que la etiqueta, con otra filosofía, se pusiera de moda. Un ensayista siempre impredecible, dispuesto a pensar desde el principio cada tema, que es lo primero que hay que valorar de los ensayistas”.
Palumbo fue despedido con respeto y tristeza en las redes sociales. “Con profundo dolor, la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires lamenta informar el fallecimiento de su querido docente Gabriel Palumbo -se lee en la cuenta de Twitter de la carrera de Ciencia Política de la UBA-. Acompañamos en este difícil momento a su esposa Sabrina, a su hija Isabella y a familiares, amigos, colegas de cátedra e infinita cantidad de estudiantes que siguieron sus cursos en Teoría Sociológica”.
El escritor y editor Esteban Schmidt escribió en Twitter: “Murió el profesor Gabriel Palumbo, un bohemio, un flâneur, un liberal con pensamiento propio, lector atento y un crítico de arte fino. Será por ello, y por su presencia personal, siempre combinada, prolija -el mimo que se hacía para afrontar el paso del tiempo y no dejarse someter por la decadencia de la ciudad-, inolvidable. Su muerte, impuesta por la naturaleza, es un crimen. Abrazo a Sabrina y a su hija Isabella. Que brille para él la luz que no tiene fin”.