lunes 01 de junio de 2026 - Edición Nº2735

Regional | 1 jun 2026

La meseta se apaga

Los últimos ovejeros de Chubut: sequía, pumas y crisis lanera vacían la meseta

Productores liquidan majadas y abandonan campos históricos ante sequía, depredadores, caída lanera y avance de nuevos negocios.


En el centro árido de Chubut, donde la distancia entre vecinos puede medirse en decenas de kilómetros y el agua dejó de ser una certeza, la producción ovina atraviesa una retirada silenciosa. Familias que durante generaciones vivieron de la lana venden sus últimas ovejas, cierran establecimientos y empiezan a mirar sus campos como una herencia imposible de sostener.

La escena se repite en distintos puntos de la meseta patagónica: molinos rotos, alambrados caídos, tanques vacíos, casas cada vez más solas y majadas reducidas a una mínima expresión. Lo que durante buena parte del siglo XX fue uno de los motores productivos de la Patagonia hoy sobrevive entre la sequía, los depredadores, la caída de rentabilidad y la falta de recambio generacional.

El caso de Luis Feijoo y Mónica Chiozza, en el establecimiento Los Milagros, resume esa transformación. Durante más de dos décadas, Feijoo cargó agua en un camión aguatero para abastecer a miles de ovejas en un campo sin río, sin lluvia suficiente y sin pozos. Llegó a tener unas 2.500 cabezas. En marzo vendió las últimas. Quedaban 55, pero al momento de sacarlas ya eran 49. El zorro colorado había hecho el resto.
 

Una producción acorralada
 

La crisis no responde a una sola causa. Los productores mencionan casi siempre los mismos factores: sequía prolongada, distorsiones económicas, precios bajos para la lana y avance de pumas, zorros colorados y perros salvajes sobre majadas cada vez más difíciles de cuidar.

La falta de agua quebró el ciclo reproductivo. Cuando no hay pasto, las ovejas no tienen leche suficiente; los corderos no nacen o mueren al poco tiempo. En pocos años sin renovación, una majada se extingue. La familia Ferrin, con un establecimiento en Meseta Cuadrada, pasó de señaladas anuales de cientos de corderos a registrar apenas cuatro en el último año.

El deterioro también es económico. La lana se exporta en su mayoría y su precio se expresa en dólares, pero durante años los productores cobraron al tipo de cambio oficial mientras pagaban costos atados al dólar paralelo. A eso se sumó el achicamiento global del mercado lanero: la lana dejó de ser una fibra masiva y quedó reducida a un nicho de mayor calidad, más exigente y menos extendido.

La paradoja es que la lana chubutense conserva valor. Proveniente de ovejas merino australiano y con genética trabajada durante décadas, todavía se exporta a mercados como Italia, China y Turquía. Pero ese prestigio ya no alcanza para sostener campos dispersos, sin agua, sin personal y con costos que muchas veces superan la capacidad real de producción.
 

El avance de nuevos dueños y otros modelos
 

El vacío productivo abrió otra disputa. Empresas como Fortescue, interesada en proyectos de hidrógeno verde y parques eólicos, compraron grandes extensiones de tierra en la zona. Según dirigentes rurales, la firma australiana habría adquirido alrededor de 550.000 hectáreas, pagando valores por encima del mercado y ofreciendo una salida a productores agotados.

Para algunos, esas ventas fueron una oportunidad después de años de resistencia económica. Para otros, aceleraron el vaciamiento de la meseta: menos animales, menos infraestructura, menos vecinos y menos capacidad colectiva para sostener la vida rural.

La tensión también alcanza a iniciativas de conservación. Productores cuestionan a Rewilding Argentina, que compró campos para recuperar ecosistemas y promover turismo de naturaleza. El conflicto no pasa solo por la propiedad de la tierra, sino por el relato sobre qué significa “recuperar” un territorio. Para las sociedades rurales patagónicas, celebrar el regreso de la silvestría puede esconder otro proceso: despoblamiento, pérdida de trabajo y desaparición de una cultura rural.

Desde la fundación sostienen que conservación, turismo y producción pueden convivir, y que la diversificación económica puede generar empleo a largo plazo. Algunos productores empiezan a mirar ese camino con pragmatismo: campos con fósiles, manantiales, bosques petrificados y paisajes únicos podrían reconvertirse parcialmente al turismo. Pero para las generaciones mayores, que levantaron alambrados, plantaron árboles y criaron majadas durante décadas, el cambio no se vive como oportunidad sino como duelo.
 

El fin de una cultura de campo
 

La crisis ovina también dejó expuesto un problema cultural. Cada vez hay menos trabajadores capacitados para las tareas rurales y menos hijos dispuestos a continuar con una actividad que sus propios padres dejaron de recomendar. “Lo que se terminó es la gente de campo”, resume el productor Juan Kresteff, que decidió cerrar un establecimiento grande afectado por sequía y pumas, y quedarse con un campo más pequeño junto al río Chubut.

El abandono se vuelve contagioso. Un productor puede cuidar su lote, pero no los campos cerrados que lo rodean. Cuando desaparecen los vecinos, también se debilitan las redes que sostenían caminos, alambrados, controles, animales y saberes compartidos.

Lo que queda es una forma de resistencia íntima. Mario Daniel Ap Iwan recuerda haber hundido cada poste de quebracho en gasoil y aceite quemado para que sus alambrados duraran décadas. Después tuvo que desenterrarlos él mismo. Había llegado al campo con la idea de construir un retiro; se fue con la sensación de haberse fundido trabajando.

La meseta patagónica todavía no es un desierto, aunque muchos la miren así. Hay flores, arbustos, fauna, viento, cielo abierto y una vida áspera que sus pobladores defienden incluso cuando ya no pueden sostener la producción. Pero la retirada de los ovejeros marca algo más que el cierre de un negocio. Es el desgaste de una cultura que pobló la Patagonia, trabajó su soledad y hoy empieza a quedar reducida a memoria familiar.

Por eso, cuando los productores dicen que la ganadería ovina se volvió “un negocio sentimental”, no hablan solo de números. Hablan de campos donde la rentabilidad desapareció antes que el apego, y donde cerrar una tranquera puede significar mucho más que dejar de producir.

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