La escalada internacional del precio de los combustibles empezó a exponer con mayor claridad la desigualdad de Sudamérica para absorber un nuevo shock petrolero. En ese escenario, Argentina aparece como uno de los casos más sensibles: el experimento de libre mercado impulsado por el presidente Javier Milei enfrenta una presión adicional justo cuando el Gobierno busca consolidar la baja de la inflación.
El encarecimiento del crudo, impulsado por la tensión internacional y el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, ya repercute sobre los costos de transporte, alimentos y consumo cotidiano en distintos países de la región. Pero el efecto no es uniforme: mientras algunas economías cuentan con más margen para amortiguar el impacto, otras quedaron mucho más expuestas.
En Argentina, la suba del combustible amenaza con convertirse en un nuevo factor de presión inflacionaria. El aumento de los costos energéticos golpea directamente el transporte y también se traslada al precio de bienes básicos, lo que pone en tensión el argumento central de Milei: que su programa de ajuste, recorte del gasto y desregulación está logrando contener una inflación que venía desbordada.
A eso se suma una limitación estructural. Aunque Vaca Muerta mejoró el balance energético del país y fortaleció la producción local, Argentina todavía necesita importar gas durante el invierno. Eso significa que sigue siendo vulnerable a un escenario internacional de energía más cara.
En ese contexto, YPF dispuso un esquema de amortiguación de 45 días para los precios de la nafta, en un intento por moderar el traslado inmediato del shock externo al mercado interno.
Entre los vecinos de Argentina, Chile aparece como uno de los más afectados. Altamente dependiente de las importaciones, el país enfrenta un fuerte salto en los precios de los combustibles luego de que el Gobierno tuviera que desmontar su mecanismo de estabilización, en medio de cuentas públicas tensionadas.
Según el reporte original, los valores podrían subir hasta 30% en las naftas y hasta 60% en el diésel, una magnitud que muestra con claridad la fragilidad de los países más dependientes del mercado energético internacional.
En Brasil, la petrolera estatal Petrobras aplicó esta semana una suba cercana al 55% en el combustible para aviones. Aunque el país cuenta con cierto resguardo por su condición de exportador neto de petróleo, autoridades del Banco Central advirtieron que el shock igual puede sumar presión sobre la inflación.
Perú, en tanto, también empezó a sentir el deterioro: en marzo registró una aceleración inflacionaria vinculada a la suba del combustible y a problemas de abastecimiento interno.
Dentro de este panorama, Uruguay aparece como una excepción relativa. De acuerdo con un análisis de Citi citado en el texto base, el país cuenta con menos subsidios energéticos directos y con reservas internacionales adecuadas, dos factores que le permiten absorber mejor el impacto externo.
La suba del petróleo vuelve a poner sobre la mesa uno de los límites más claros de cualquier programa económico: incluso cuando el ajuste interno logra ordenar algunas variables, los shocks externos pueden alterar rápidamente el equilibrio buscado.
En el caso de Milei, el encarecimiento global de los combustibles llega en un momento delicado. Si el impacto se profundiza, puede complicar la desaceleración de la inflación y erosionar uno de los principales argumentos del oficialismo sobre la marcha de la economía.