La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela marca mucho más que un episodio aislado de política exterior. Según coinciden analistas internacionales, la captura de Nicolás Maduro y el operativo impulsado por la administración de Donald Trump se inscriben en una reconfiguración profunda del tablero geopolítico global, donde el control de zonas de influencia, el comercio y la seguridad nacional pesan más que el respeto al derecho internacional y a los esquemas multilaterales.
Si bien el discurso político suele asociar este tipo de acciones a la obtención de recursos naturales —en particular el petróleo—, los especialistas advierten que ese no es el factor determinante. “Esto es una pieza de ajedrez de un juego mucho más grande”, sintetizó el analista de mercados internacionales de AdCap Grupo Financiero, Jorge Ángel Harker.
Un punto de inflexión en la política exterior de Trump
Desde Portfolio Personal Inversores (PPI) señalaron que la captura de Maduro “marcó un punto de inflexión en la política exterior de Trump”, al enviar una señal clara tanto a aliados como a adversarios sobre hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos para neutralizar a un líder considerado una amenaza estratégica.
La operación fue presentada como parte de una visión más cruda del orden global, basada en el control de territorios, rutas comerciales y recursos estratégicos, priorizando los intereses estadounidenses por sobre cualquier marco multilateral.
Una jugada a tres bandas
Para Harker, la intervención responde a una lógica de Seguridad Nacional y constituye una “jugada a tres bandas”. En primer lugar, Estados Unidos elimina a un gobierno con vínculos estrechos con Irán, país que atraviesa un proceso de creciente inestabilidad interna. En segundo término, al desplazar al chavismo, Washington corta una fuente clave de sustento para Cuba.
El tercer eje apunta directamente a China: Venezuela es uno de los proveedores energéticos relevantes para Beijing. En un escenario de tensión en el Indo-Pacífico —particularmente ante un eventual conflicto en Taiwán—, la pérdida de suministro venezolano se vuelve estratégica. Según Harker, si además se produjera un cambio político en Irán, China podría enfrentar una reducción de hasta 2,5 millones de barriles diarios.
El nuevo orden: zonas de influencia
El economista y analista internacional Federico Vaccarezza sostiene que el mundo avanza hacia un esquema dividido en tres grandes zonas de influencia: el hemisferio americano bajo liderazgo de Estados Unidos, Europa bajo la órbita rusa y el sudeste asiático como área central de influencia china.
“Este nuevo orden ya no se basa en reglas, sino en acuerdos políticos entre grandes potencias y en la defensa de sus intereses estratégicos. En ese sentido, la globalización, tal como la conocimos, ha muerto”, afirmó.
Vaccarezza agregó que China habría aceptado retroceder en su peso hemisférico en América Latina a cambio de una menor injerencia estadounidense en el Indo-Pacífico, aunque advirtió que Estados Unidos mantiene intereses globales, a diferencia de Beijing, cuyos intereses son mayormente regionales.
El rol del petróleo venezolano
Desde PPI remarcaron que el acceso a recursos estratégicos sigue ocupando un lugar central en la agenda de Trump. En el caso de Venezuela, el interés está puesto en las enormes reservas de crudo y en la posibilidad de que empresas estadounidenses participen en la reconstrucción de la infraestructura energética, un esquema similar al que Washington ya impulsó en Ucrania con minerales críticos.
Sin embargo, el potencial petrolero venezolano enfrenta severas limitaciones. Años de corrupción, falta de inversión, deterioro de instalaciones, incendios, robos y sanciones internacionales dejaron a la industria en estado crítico.
A comienzos de los años 2000, Venezuela producía cerca de 3 millones de barriles diarios. En 2015, la cifra cayó por debajo de los 2,4 millones y desde entonces la contracción fue sostenida. En 2025, la producción rondó apenas los 900.000 barriles diarios.
“La caída fue impresionante, incluso vendiéndole petróleo a China. Estar asociado con China no garantiza desarrollo”, sostuvo Vaccarezza, quien contrastó el modelo chino de compra de crudo con el esquema estadounidense, basado en inversión, aumento de producción y exportaciones. Desde su visión, Trump busca volver a un modelo similar al de Venezuela previa a las expropiaciones de mediados de la década de 2000.
¿Puede Venezuela competir con Canadá?
Aun así, la recuperación plena de la industria petrolera venezolana demandaría inversiones superiores a los 100.000 millones de dólares y varios años de trabajo, según Francisco Monaldi, director del área de política energética latinoamericana del Baker Institute de la Universidad Rice.
Además, los analistas coinciden en que Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano para abastecerse. “Es el mayor productor mundial”, recordó Harker. Si bien en el pasado las refinerías del Golfo de México estaban adaptadas al crudo pesado venezolano, esa dependencia se redujo con el crecimiento de la producción canadiense a partir de las arenas bituminosas.
En la misma línea, Neil Shearing, de Capital Economics, advirtió que la idea de que Venezuela pueda reemplazar a Canadá como proveedor clave carece de sustento: por escala, geografía e infraestructura, el país sudamericano está lejos de representar una alternativa real.
En ese认为, la intervención en Venezuela aparece menos como una búsqueda directa de petróleo y más como un movimiento estratégico en un mundo que avanza hacia bloques, tensiones regionales y un orden global cada vez más fragmentado.