El gobierno de Javier Milei volvió a encender alarmas en la Patagonia tras avanzar con un fuerte recorte presupuestario sobre una de las infraestructuras más sensibles del sur argentino. La administración libertaria eliminó más de 4.121 millones de pesos destinados al Acueducto Sarmiento–Comodoro Rivadavia, el sistema que abastece de agua a ciudades estratégicas de Chubut y Santa Cruz.
La medida quedó formalizada mediante la Decisión Administrativa 20/2026, firmada por Manuel Adorni y Luis Caputo, y publicada en el Boletín Oficial. El recorte impacta sobre el Programa 82 de Infraestructura Hidráulica y elimina prácticamente la totalidad de los recursos nacionales previstos para este año. En términos políticos, el movimiento vuelve a exponer el criterio del Gobierno nacional respecto de la obra pública: ajuste fiscal incluso en áreas consideradas críticas.
El impacto no es menor. El acueducto abastece a Comodoro Rivadavia, Rada Tilly, Caleta Olivia y otras localidades atravesadas históricamente por problemas de abastecimiento, cortes y baja presión. En una región marcada por sequías persistentes, crecimiento urbano y expansión petrolera, la decisión nacional vuelve a colocar a la infraestructura hídrica en el centro de la disputa entre la Casa Rosada y las provincias patagónicas.
El Acueducto Sarmiento–Comodoro Rivadavia no es una obra secundaria dentro del esquema patagónico. Se trata del principal sistema de transporte de agua potable para buena parte del sur de Chubut y el norte santacruceño. Desde hace décadas funciona bajo niveles de exigencia crecientes y con una infraestructura deteriorada que requiere mantenimiento permanente y obras de repotenciación.
La eliminación de más de 4.100 millones de pesos deja prácticamente sin respaldo presupuestario nacional a trabajos considerados esenciales para sostener el servicio. En la región interpretan que el ajuste compromete tanto tareas de mantenimiento como futuras ampliaciones necesarias para responder al crecimiento poblacional y al consumo industrial vinculado al sector energético.
La preocupación aumentó porque el proyecto está asociado a un financiamiento internacional de la CAF por 150 millones de dólares destinado a renovar los 41 kilómetros más críticos del sistema. Aunque el crédito sigue vigente, distintas fuentes técnicas admiten que sin contraparte presupuestaria nacional se vuelve muy difícil avanzar con licitaciones, obras complementarias y ejecución integral del plan.

El recorte reavivó un viejo malestar político entre los gobernadores patagónicos y la administración libertaria. En las provincias del sur interpretan que el Gobierno nacional aplica una lógica de ajuste uniforme sin contemplar particularidades estructurales de regiones donde la infraestructura básica depende históricamente del financiamiento federal.
La situación adquiere mayor sensibilidad porque el agua se convirtió en un tema estratégico para el desarrollo productivo de la Patagonia. La expansión petrolera en la Cuenca del Golfo San Jorge, el crecimiento urbano y las sequías prolongadas incrementaron la presión sobre sistemas que ya muestran signos de agotamiento operativo. En ese contexto, cualquier freno presupuestario adquiere impacto político inmediato.
Aunque hasta ahora no hubo una reacción pública coordinada de los gobernadores, en distintos sectores provinciales crece la expectativa de nuevos reclamos hacia Nación. La relación entre las provincias patagónicas y la Casa Rosada atraviesa una etapa de tensión permanente, marcada por disputas por obras públicas, coparticipación, energía y financiamiento de infraestructura estratégica.
La decisión administrativa no sólo impactó sobre el sistema hídrico. El Gobierno nacional también aplicó recortes en obras viales vinculadas a la Patagonia, particularmente sobre la Ruta Nacional 3, uno de los corredores más importantes del sur argentino. El ajuste supera los 290 millones de pesos para tareas de conservación en el tramo que conecta Chubut y Santa Cruz.
En una región donde las distancias son extensas y la conectividad depende casi exclusivamente de las rutas nacionales, la reducción de mantenimiento genera preocupación entre sectores productivos, transportistas y gobiernos locales. La Ruta 3 cumple un rol central para la actividad petrolera, la logística regional y el abastecimiento comercial de las ciudades patagónicas.
Los ajustes menores también alcanzaron partidas vinculadas a Neuquén, Río Negro y Santa Cruz. Aunque de menor magnitud, forman parte de una tendencia más amplia de retracción de la inversión pública nacional en infraestructura. El mensaje político del Gobierno es claro: priorizar el equilibrio fiscal aun cuando eso implique ralentizar o paralizar obras consideradas estratégicas en distintas regiones del país.
La decisión sobre el acueducto expone además el núcleo ideológico del programa económico libertario. Desde su llegada al poder, Javier Milei planteó que el Estado debe retirarse progresivamente de la obra pública y que muchas inversiones deberán quedar bajo responsabilidad privada o provincial. El problema aparece cuando se trata de infraestructura básica difícilmente rentable para capitales privados.
En el oficialismo sostienen que el ajuste es necesario para consolidar el superávit fiscal y estabilizar la macroeconomía. Bajo esa lógica, el Gobierno prioriza reducir gasto aun en áreas sensibles. La administración libertaria considera que el esquema histórico de financiamiento estatal de infraestructura generó desequilibrios fiscales crónicos y dependencia política de las provincias respecto de Nación.
Sin embargo, el caso del acueducto vuelve a mostrar los límites de esa estrategia en territorios donde el Estado nacional sigue siendo actor central para garantizar servicios esenciales. En la Patagonia, el debate ya dejó de ser exclusivamente económico. La discusión empieza a girar alrededor de la capacidad real del Gobierno para sostener infraestructura crítica en regiones estratégicas para la energía, el petróleo y el desarrollo futuro del país.