En un pronunciamiento inusualmente duro, obispos de toda la Patagonia salieron a cuestionar el proceso político que rodea la posible modificación de la Ley de Glaciares 26.639, denunciando prácticas que, según afirman, atentan contra la participación ciudadana y favorecen intereses extractivos por sobre el cuidado ambiental.
El documento, titulado “La participación democrática amenazada… como los hielos y el agua”, no solo expresa preocupación, sino que constituye una crítica directa al modo en que se está llevando adelante el debate legislativo, en un contexto de creciente conflictividad en torno a la actividad minera.
Los prelados advirtieron que la audiencia pública realizada la semana pasada estuvo lejos de cumplir con estándares mínimos de transparencia y apertura democrática. Según señalaron, se restringió la participación, se impidió el ingreso de ciudadanos y se alteraron las condiciones del debate.
La denuncia apunta a un patrón que, aseguran, se repite desde hace años en distintas localidades de la Patagonia: mecanismos destinados a limitar voces críticas, desestabilizar a quienes participan y condicionar el desarrollo de instancias públicas clave.
El comunicado va más allá de lo procedimental y describe un escenario de presiones sistemáticas en comunidades pequeñas, donde —según sostienen— se utilizan herramientas económicas, laborales e incluso vínculos personales para influir en la opinión pública.
También cuestionaron la descalificación de quienes se oponen o plantean dudas frente a proyectos extractivos, señalando que se los acusa de estar en contra del progreso o de responder a intereses ideológicos. Para los obispos, estas prácticas no hacen más que profundizar la desconfianza social.
Aunque el texto no menciona actores específicos, el eje de la crítica se vincula claramente con el avance de proyectos mineros y la posible flexibilización de la Ley de Glaciares 26.639, una norma clave para la protección de reservas estratégicas de agua.
En ese marco, los obispos remarcaron una idea central: “el aire y el agua valen más que el oro”, en una definición que apunta directamente contra el modelo extractivo cuando no respeta estándares ambientales rigurosos.
El posicionamiento de la Iglesia patagónica introduce un nuevo actor de peso en el debate público. No se trata solo de una opinión más, sino de una voz con fuerte presencia territorial que pone en cuestión la legitimidad del proceso en curso.
El mensaje también interpela a los distintos niveles del Estado, a quienes responsabilizan por garantizar condiciones democráticas reales. La advertencia es clara: no solo está en juego una ley, sino la calidad institucional con la que se toman decisiones que impactan directamente en el ambiente y en las comunidades.
Con la reforma de la Ley de Glaciares 26.639 aún en discusión en el Congreso, el conflicto lejos está de cerrarse. Las críticas de los obispos reflejan un malestar creciente que atraviesa a distintos sectores de la sociedad y que vuelve a poner en el centro la tensión entre desarrollo económico y protección ambiental.
En un escenario marcado por la desconfianza, la falta de consensos y las denuncias de prácticas irregulares, el debate por los glaciares se transforma, cada vez más, en un símbolo de una discusión mucho más profunda sobre el modelo de país.