REGIONAL | 24 MAR 2026

A 50 AñOS DEL GOLPE

Patagonia bajo dictadura: la red silenciosa del terrorismo de Estado en el sur argentino

Recordar lo que pasó en la Patagonia no es solo reconstruir el pasado. Es también una forma de sostener la democracia frente a cualquier intento de negar, relativizar o repetir la historia.




Después del golpe del 24 de marzo de 1976, la represión ilegal en Argentina no se limitó a los grandes centros urbanos. En la Patagonia —que abarca provincias como Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego— se desplegó un sistema coordinado de persecución política que combinó fuerzas militares, policiales y de inteligencia. Lejos de la visibilidad mediática de Buenos Aires, el terrorismo de Estado en el sur operó con menor exposición, pero con la misma lógica: secuestros, torturas, desapariciones y control social.

 

Tras el golpe, toda la Patagonia quedó bajo la órbita de estructuras militares que respondían al comando del Ejército. Gran parte del territorio fue controlado desde el V Cuerpo de Ejército con asiento en Bahía Blanca, que coordinaba la represión en el sur argentino. A su vez, actuaban de manera conjunta el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, las policías provinciales, la Policía Federal y Gendarmería Nacional.

 

La metodología fue uniforme en toda la región. Las detenciones se realizaban generalmente de noche, sin orden judicial, y las víctimas eran trasladadas a centros clandestinos donde eran interrogadas bajo tortura. Luego podían ser liberadas, puestas a disposición del Poder Ejecutivo o directamente desaparecidas. Este esquema, replicado en cada provincia, conformó una red represiva interconectada.

 

Centros clandestinos y circuitos represivos en la Patagonia

 

En la Patagonia no existieron grandes campos de concentración como en otras regiones del país. En cambio, el terrorismo de Estado se apoyó en una red de centros clandestinos más pequeños, muchas veces instalados en edificios oficiales.

 

En la provincia de Neuquén funcionó uno de los centros más importantes de la región: “La Escuelita”, dentro del predio del Ejército, donde pasaron decenas de detenidos-desaparecidos. También operaron el Batallón de Ingenieros 181 y otras dependencias militares utilizadas para detenciones ilegales.

 

En Río Negro, la represión se desarrolló principalmente en comisarías, delegaciones policiales y espacios como el campamento minero de Sierra Grande. Allí se registraron detenciones masivas de trabajadores y militantes, con traslados hacia otros centros de la región.

 

En Chubut, la Base Almirante Zar en Trelew —ya conocida por la Masacre de Trelew— continuó siendo un punto clave bajo control de la Armada. Además, en ciudades como Comodoro Rivadavia se utilizaron unidades penitenciarias y dependencias policiales para la represión.

 

En Santa Cruz y Tierra del Fuego, el esquema fue similar: comisarías, cárceles y unidades militares funcionaron como lugares de detención e interrogatorio. Aunque con menor cantidad de casos documentados, la persecución política alcanzó a trabajadores, docentes, estudiantes y militantes.

 

Detenidos, desaparecidos y el alcance de la represión

 

Las cifras en la Patagonia son fragmentarias, pero permiten dimensionar el alcance del terrorismo de Estado en la región. Se registran cientos de personas detenidas ilegalmente y varias decenas de desaparecidos, muchos de ellos trasladados entre provincias o hacia centros de mayor escala fuera de la región.

 

El carácter regional del sistema represivo hace que muchos casos estén cruzados entre jurisdicciones. Personas secuestradas en Río Negro o Neuquén, por ejemplo, fueron vistas en centros clandestinos de Bahía Blanca o incluso en Buenos Aires. Esta circulación formaba parte de un plan sistemático para desarticular la militancia política y social.

 

Historias que atraviesan la región

 

Entre los casos más emblemáticos del sur aparece el de Oscar Ragni, referente de derechos humanos del Alto Valle, cuyo hijo fue secuestrado en 1976 y permanece desaparecido. Su lucha permitió visibilizar el accionar represivo en Neuquén y Río Negro.

 

Otro caso es el de Héctor Giannini, vinculado a la militancia política en la región y desaparecido en el marco del accionar represivo. Su historia refleja el destino de muchos militantes del sur, cuyas trayectorias fueron interrumpidas por el terrorismo de Estado.

 

También se recuerda a Carlos Chávez, trabajador y activista, víctima de un sistema que no distinguía entre provincias y que operaba con lógica regional.

 

Estos nombres, entre muchos otros, permiten reconstruir una memoria colectiva que durante años permaneció fragmentada y silenciada.

 

La vida cotidiana bajo el miedo

 

Más allá de los secuestros y desapariciones, la dictadura transformó profundamente la vida en la Patagonia. En ciudades medianas y pueblos pequeños, el control social fue particularmente intenso. La vigilancia, la delación y la presión sobre las familias generaron un clima de miedo que limitó la participación política y social.

 

En comunidades donde todos se conocían, la represión adquirió un carácter más directo. El señalamiento público, las listas negras y la presencia constante de fuerzas de seguridad contribuyeron a instalar una autocensura que perduró durante años.

 

Democracia, memoria y reconstrucción histórica

 

Con el retorno de la democracia en 1983, comenzaron a conocerse los detalles del terrorismo de Estado en la Patagonia. Los testimonios de sobrevivientes, los informes de organismos de derechos humanos y las investigaciones judiciales permitieron reconstruir parte de lo ocurrido.

 

Los juicios por delitos de lesa humanidad avanzaron en distintas jurisdicciones, incluyendo causas vinculadas a centros clandestinos como “La Escuelita” en Neuquén. Además, numerosos sitios fueron señalizados como espacios de memoria, visibilizando el pasado represivo de la región.

 

Sin embargo, la reconstrucción ha sido desigual. La dispersión geográfica, la falta de documentación y el paso del tiempo dificultaron el esclarecimiento completo de muchos casos.

 

Una memoria que interpela el presente

 

La dictadura en la Patagonia no fue un fenómeno marginal ni aislado. Fue parte de un plan sistemático que alcanzó todo el territorio argentino, adaptándose a las particularidades de cada región. En el sur, la represión fue más silenciosa, pero no menos efectiva.

 

Hoy, a casi cincuenta años del golpe, la memoria sigue siendo una herramienta central para comprender lo ocurrido. En cada provincia patagónica, las historias de detenidos y desaparecidos continúan emergiendo, recordando que el terrorismo de Estado no tuvo fronteras y que sus consecuencias aún atraviesan a la sociedad.