El Gobierno celebra una supuesta recuperación del consumo privado, que según datos oficiales y privados creció 12,1% interanual en junio y acumuló un alza del 14,9% en el primer semestre. Sin embargo, detrás del festejo se esconde una realidad profundamente desigual: el aumento se concentra en los sectores de mayor poder adquisitivo, mientras las clases bajas y medias ajustan cada vez más su alimentación y necesidades básicas.
De acuerdo al nuevo Índice de Consumo Privado (ICP-UP), el consumo está en niveles récord desde 2017. Pero el informe también revela lo que el relato oficial oculta: no es un rebote generalizado, sino que los rubros que más crecieron son autos, motos, viajes al exterior e indumentaria cara, todos productos inaccesibles para la mayoría de la población.
La explicación es clara: la apreciación cambiaria y la ola de importaciones volvió baratos muchos bienes durables para quienes tienen capacidad de compra o acceso al crédito. Por ejemplo, los préstamos personales crecieron más del 200% interanual y las compras con tarjeta subieron un 72%, empujando el consumo de productos de alto valor.
Mientras crecen las ventas de autos, los hogares de menores ingresos dejan de comprar carne, pollo y leche. Los datos de mayo muestran caídas interanuales en alimentos esenciales y un descenso del 1,2% en las ventas en supermercados, lo que indica un estancamiento claro del consumo masivo.
Además, la pobreza sigue rondando el 40% y los salarios reales están un 5,5% por debajo de noviembre de 2023. En este escenario, miles de familias no llegan a fin de mes, y destinan la mayor parte de sus ingresos a comida, tarifas y transporte.
Según explicó el economista Martín Carro, el aumento en el índice de consumo no refleja lo que viven las mayorías: “Podés vender dos autos más de $20 millones, aunque haya menos gente comprando leche. Como los bienes caros pesan más en el índice, el consumo total sube, aunque la vida de los trabajadores se empobrezca”.
Lo mismo sucede con el récord de viajes al exterior, impulsado por el dólar barato, que también sube el promedio del consumo pero refleja solo el comportamiento de una minoría privilegiada.
En definitiva, lo que se presenta como una “recuperación” es, en realidad, un espejismo estadístico que beneficia a unos pocos y esconde el deterioro brutal del consumo popular, en un país donde cada vez más personas miran precios antes de comer y esperan ofertas para vestirse.